En el Áras an Uachtaráin no cabe otra energía: cambio en el aire, rostros nuevos en las alfombras viejas y, claro, más de un suspiro. La presidencia irlandesa, esa mezcla de emblema y frontera, no se resigna al papel de adorno. De pronto, reinventa su modo de ser, invita a mirar de cerca el bullicio que provoca. Empieza la ronda de preguntas: ¿Quién pone hoy la firma en los decretos? ¿Por qué la figura presidencial late más fuerte, justo ahora?
¿Qué pasa hoy en la presidencia irlandesa?
Un ciclo se va, otro asoma. Algo familiar, pero absolutamente nuevo. Fascinante la manera en que un detalle (una frase, una investidura) consigue moverlo todo.
¿Quién toma ahora el relevo y de dónde viene?
Once de noviembre de 2025: Catherine Connolly saluda a la multitud, con esa media sonrisa entre emoción y desafío. Le apuestan a un mandato marcado por la apertura, la escucha plena, la defensa obstinada de la variedad. Respaldos laboristas, agradecimientos a Sinn Féin y una independencia tan irlandesa como la lluvia de Galway. ¿Se busca diálogo, minorías en la foto y promesas de país menos fracturado? Así llegó su primer discurso, palabra a palabra, como si intentara coser cicatrices.
Michael Higgins, ¿un presidente irremplazable?
Higgins se despide tras catorce años. Voz grave, versos recitados –nunca un político anodino–. Deja una estela de cultura, rigor ético, cariño por los derechos humanos. Su imagen, omnipresente, parece decir: “la presidencia no solo observa, también siente y piensa”. Mucho antes, el turno de Mary Robinson y Mary McAleese: dos mujeres tumbando viejos límites, entre los años noventa y la nueva década. Irlanda aprendió a imaginarse distinta, y la presidencia lo reflejó. ¡Quién hubiera apostado en los setenta por tanta renovación!
¿Qué se cuece en la política? ¿Quién mueve ficha?
Otoño irlandés, los telediarios al rojo vivo y una campaña que parecía eterna. Fine Gael, la candidata Humphreys acariciando la victoria… pero el voto termina cerca del empate, 52,3 por ciento a favor de Connolly (¡ni en la quiniela más arriesgada!). Hablan de fragmentación, alianzas nuevas, minorías emergentes, y el parlamento parece un festival de ideas. Reinventar, aquí, casi una costumbre nacional.
¿Dónde enterarse de cada detalle y qué dice la calle?
Noticieros que no se pierden detalle. Irish Times bautiza la investidura: “nuevo ciclo”. RTÉ lo emite en directo, con expertos debatiendo quién guiña primero, quién sostiene el protocolo. Sitios oficiales como gov.ie o oireachtas.ie aglutinan PDFs, discursos y firmeza institucional. Afuera, BBC y Reuters resumen el ambiente con una palabra melosa: integración. Y las tertulias no paran de preguntarse a qué suena, hoy, la presidencia de Irlanda.
¿Cómo es la presidenta irlandesa? Vidas, caminos, obsesiones
Una biografía nunca se queda solo en fechas y cargos. Siempre hay esquina, anécdota, recuerdo inquietante.
¿Quién era Catherine Connolly antes de llegar al palacio?
Galway, 1957. Derecho, toga, batallas legales, una clientela anónima y, después, esa pasión por lo local que no se enseña en los manuales. Su experiencia como parlamentaria, cruzada por la igualdad, los barrios, la justicia social, sirve como entrenamiento de fondo. Nadie en Dáil Éireann duda: Connolly llegó para incomodar a los que prefieren el “siempre se hizo así”. Defensora a ultranza de causas invisibles, no descansa: suma aliados y elogia minorías. Más que gobernar, su liderazgo se mide en puentes tendidos sobre aguas bravas.
¿Michael Higgins, mito vivo o simple político?
Quien escuchó alguna vez a Higgins, recuerda el acento, las citas literarias y esa imposibilidad de separar persona y cargo. Cuestiones de ONU, cultura o memoria histórica: ningún asunto le queda lejos. Sabe hablar, sabe callar. Hay quienes afirman que dio altura moral a un puesto torpemente ceremonial. Al final, su eco queda: Irlanda, con él, se atrevió a debatir, a celebrar la diferencia, incluso a molestar con talento.
¿La presidencia irlandesa, territorio de minorías?
Una hilera de nombres, una estadística clara. Mujeres, luchadores sociales, trayectorias nada monótonas. La edad ronda los sesenta, pero la mente, casi nunca. Es el país, cambiando desde el centro mismo. El votante prefiere figuras que incomoden, que muestren otros lados de Irlanda. La diversidad no se finge: se respira.
¿El presidente, monigote simbólico… o algo más?
El presidente representa. Ese verbo, tan gastado, cobra un sentido distinto en Dublín: mano alzada en un desfile, discurso sobrio bajo las banderas, recepción de mandatarios forasteros. Todo, para amalgamar vieja tradición y nuevos horizontes. Ahí está: Irlanda, hogar de símbolos que todavía importan.
¿Y qué hace el presidente irlandés en realidad?
Nombres, historias, titulares. Pero, a la hora de la verdad, ¿qué poderes hay detrás de ese despacho elegante en Phoenix Park?
¿Qué poderes otorga la Constitución?
La letra chica lo dice: firmar leyes, convocar elecciones, seleccionar Taoiseach a sugerencia parlamentaria. Indultos, tratados que llevan sello irlandés, semáforo verde a referendos. Incluso la capacidad –atención ahí– de preguntar a la Corte Suprema si tiene dudas. Podrá no ser quien dirige, pero es quien ampara, observa y aprueba.
¿Quién gobierna el día a día… y quién vigila desde la distancia?
Presidente y Taoiseach: convivencia pactada. El primero, testigo y validador; el segundo, cabeza ejecutiva. Ni uno es monarca ni el otro dictador. Por si acaso, la barandilla firme de la democracia borra confusiones y evita malentendidos. Tensión creativa, dirían algunos politólogos con tiempo libre.
¿Cómo se elige el presidente y cuánto tiempo dura?
Requisitos: ciudadana o ciudadano mayor de 35, buen respaldo de partidos o avales, y ganas de aguantar los flashes durante años. Siete años por mandato, opción de reelección (pero nada de eternizarse). Desde 1938, elección directa y voto universal: la plaza pública aún conserva su peso.
¿Qué pasa en momentos excepcionales? ¿O en el extranjero?
La intriga llega en las crisis: si estalla problema constitucional, el presidente puede rechazar la disolución del parlamento o pedir ayuda al Supremo. Afuera, el mundo gigante: visitas a la ONU, cumbres varias, abrazos protocolares. Irlanda enseña cara amable, firme, obsesionada con la justicia social.
¿Ha cambiado la presidencia en las últimas décadas?
No es solo el clima lo que ha cambiado en Irlanda desde 1990… ¿o sí? Todo se mueve con otra cadencia.
¿Qué ha pasado políticamente desde Mary Robinson?
Décadas de cambios sobre cambios. De la presidencia como símbolo casi mudo a la presidencia como faro de apertura. Integración europea, leyes igualitarias, pujanza de voces femeninas. Los derechos humanos ya no son eslogan: se cuelan en la letra y la práctica diaria. Irlanda, un ejemplo al que otros miran a escondidas cuando creen que nadie los observa.
¿Qué partidos han marcado el paso presidencial?
Labour, Fine Gael, Sinn Féin… la lista nunca termina. A cada elección, se renuevan los apoyos y surgen pactos inesperados. Importa, sobre todo, lo que no cambia: la demanda de transparencia, la voluntad de contraste, la ética (tan reclamada como siempre). Nombres pueden ir y venir; el compromiso, nunca.
¿Cómo se ve la presidencia desde fuera (y desde dentro)?
En Phoenix Park, el Áras an Uachtaráin espera paciente. Fachada neoclásica, prados que huelen a césped recién cortado, ventanas sumando historias. Adentro, el escudo azul y la bandera. Todo muy pensado para que la función presidencial resulte palpable, reconocible, respetada.
¿Preguntas rápidas sobre normas y costumbres?
- Una sola reelección para el presidente, nada de perpetuarse.
- Vínculo estrecho y reglado con el Gobierno, pero sin pisarse el terreno.
- Sede oficial: ese palacio histórico desde el siglo XIX, todo un ícono de continuidad.
Irlanda camina entre lo antiguo y lo por venir, y la presidencia, lejos de quedarse anclada, acompaña ese vaivén con brillo propio.
